Desde su fundación, en las calles principales de la ciudad colonial de La Laguna, la traza urbana se organizó con un modelo reticular que más adelante sería exportado a las colonias americanas. La ciudad, como seña de identidad de su tejido urbano, presenta huertas, jardines y espacios libres en el interior de las manzanas con una vegetación densa y diversa, un modelo urbano que atiende a la necesidad de disponer de un espacio productivo destinado al autoconsumo.
Esta vivienda, levantada en los años 50 y orientada a poniente, estaba desvinculada del huerto y la necesidad del empoderamiento de ese patrimonio verde significó el punto de partida para la reconfiguración del espacio. Los muros medianeros, de piedra basáltica exigieron también su valorización y liberación y sirvieron para reforzar el vínculo entre el exterior y el interior. Además la textura tonal de este material le aporta calidez al interior.
En su estado inicial los materiales constructivos eran de baja calidad, las estancias estaban divididas por sillares de tosca con una organización sin planificación ni cohesión, que había sido amoldada a las necesidades y usos temporales de sus habitantes. La ausencia de aislamiento de paredes y pavimentos en una zona tan húmeda había generado importantes problemas con la humedad.
Para la ejecución de la reforma hubo que reforzar la estructura, pues los forjados eran muy débiles, así como implantar aislamiento térmico e impermeabilización en planta baja, lo que mejoró de forma radical el acondicionamiento climático interior y que se reforzó con la apertura de huecos acristalados, que permitieron que la radiación solar entrara en la vivienda y mejorara la temperatura interior.
El proyecto pretende hacer visible el huerto desde la entrada de la vivienda, acercándose al modelo de la arquitectura local tradicional, en la que el patio es el elemento principal de la distribución de la vivienda y es siempre visible, incluso desde su punto de acceso. Esta transparencia se ha conseguido permitiendo que las diferentes estancias en las que se segrega la vivienda dispongan de cerramientos transparentes que permiten esa continuidad visual.
Para la comunicación vertical de la casa se diseñó una escalera de hierro, con peldaños forrados en madera, una pieza única con un desarrollo complejo a la vez que liviano y transparente, que no interrumpe la comunicación entre el acceso a la vivienda y su huerto.
La planta baja se transformó en el espacio habitable, diurno y que aún manteniendo la organización de las estancias a modo de las viviendas tradicionales del lugar, tienen puertas acristaladas y ventanas que permiten la comunicación visual entre ellas. Las otras dos plantas están destinadas a la zona de descanso y servicios.